A la caza de la falacia

Una falacia es un argumento que parece que es correcto pero que no lo es. La Lógica ha clasificado multitud de tipos y si estamos atentos podemos encontrarlas en nuestras conversaciones cotidianas, en los discursos de los políticos y personajes públicos y tras muchas creencias populares. De hecho, son el tipo de error que impiden que tenga lugar un diálogo racional.

¿Una vez apelaste a San Cucufato para encontrar las gafas y al segundo las encontraste? Quizá después te sentiste seducido por la falacia post hoc…

Esta falacia o error argumentativo consiste en creer que si B (encontrar las gafas) ha sucedido inmeditamente después de A (plegaria a San Cucufato), A es causa de B. Ciertamente muchas personas establecen una conexión causal de este modo, obviando que si bien la sucesión en el tiempo es una condición necesaria para establecer una relación causa-efecto, no es condición suficiente. Este error se encuentra en la base de muchas supersticiones.

Por ejemplo, una vez un alumno me dijo que creía que gracias a que había evitado pasar por debajo de una escalera antes de entrar a un examen había obtenido una buena nota (cuando no era lo habitual). Había establecido uno nexo causal sólo porque una cosa había sucedido después de otra, sin tener ninguna otra prueba de relación entre estos dos sucesos.

No obstante, a veces atender a la mera sucesión entre dos fenómenos puede ser razonable. Por ejemplo, si como marisco y al segundo me salen manchas en la piel no es irracional sospechar que lo primero podría ser causa de lo segundo, pero una cosa es tomar algo como base para la investigación y posterior verificación y otra establecer una conexión causal. Para evitar caer en esta falacia simplemente no adelantes conclusiones e investiga si realmente tienes buenas razones para pensar que dos sucesos están relacionados.

Lirios dorados, tierno sauce joven

pies vendados“Su mayor atractivo eran sus pies vendados, que en chino se denominaban “lirios dorados de ocho centímetros“. Ello quería decir que caminaba “como un  tierno sauce joven agitado por la brisa de primavera“, cual solían decir los especialistas chinos en belleza femenina.
Se suponía que la imagen de una mujer tambaleándose sobre sus pies vendados ejercía un efecto erótico sobre los hombres… Los pies de mi abuela habían sido vendados cuando tenía dos años de edad. Su madre, quien también llevaba los pies vendados, comenzó por atar en torno a sus pies una cinta de tela de unos seis metros de longitud, doblándole todos los dedos -a excepción del más grueso- bajo la planta. A continuación depositó sobre ellos una piedra de grandes dimensiones para aplastar el arco del pie. Mi abuela gritó de dolor, suplicándole que se detuviera, a lo que su madre respondió embutiéndole un trozo de tela en la boca.
Tras ello, mi abuela se desmayó varias veces a causa del dolor. El proceso duró varios años. Incluso una vez rotos los huesos, los pies tenían que ser vendados día y noche con un grueso tejido debido a que intentaban recobrar su forma original tan pronto como se sentían liberados. Durante años, mi abuela vivió sometida a un dolor atroz e interminable. Cuando rogaba a su madre que la liberara de las ataduras, ésta rompía en sollozos y le explicaba
que unos pies sin vendar destrozarían su vida entera y que lo hacía por su propia felicidad. En aquellos días, cuando una muchacha contraía matrimonio, lo primero que hacía la familia del novio era examinar sus pies… si los pies medían más de diez centímetros… la suegra… con un brusco gesto de desprecio partía dejando a la novia expuesta a la mirada de censura de los invitados, quienes posaban la mirada en sus pies y murmuraban insultantes frases de desden. En ocasiones, alguna madre se apiadaba de su hija y retiraba las vendas; sin embargo, cuando la muchacha crecía y se veía obligada a soportar el desprecio de la familia de su esposo y la desaprobación de la sociedad, solía reprochar a su madre el haber sido demasiado débil… No sólo se consideraba erótica la imagen de las mujeres cojeando sobre sus diminutos pies, sino que los hombres se excitaban jugando con los mismos… Las mujeres no podían quitarse la venda ni siquiera cuando ya eran adultas, pues en tal caso sus pies no tardaban en crecer de nuevo… Los hombres rara vez veían desnudos unos pies vendados, pues solían aparecer cubiertos de carne descompuesta y despedían una fuerte pestilencia.
De niña, recuerdo a mi abuela constantemente dolorida. Cuando regresábamos a casa después de hacer la compra, lo primero que hacía era sumergir los pies en una palangana de agua caliente al tiempo que exhalaba un suspiro de alivio. A continuación, procedía a recortarse los trozos de piel muerta. El dolor no sólo era causado por la rotura de los huesos, sino también por las uñas al incrustarse en la planta del pie.
Esta es la verdad que se esconde detrás de lo que los poetas chinos llamaban tierno sauce joven agitado por la brisa de primavera.”

Jung Chang, Cisnes Salvajes, Circe, Barcelona 1993 citado por C. Rodrigañez, A. Cachafeiro, La represión de deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconscienteEdiciones Crimentales, 2007.

Resumiendo, ¿puede un sabio ser un imbécil?

* Os dejo otro ejemplo de consulta, para que podáis valorar con más fundamento si os apetece colaborar con una pregunta en la sección de la revista Filosofía Hoy en la que escribo. Ésta fue publicada en el nº 8.

- ¿Qué hacer si conoces a una persona muy inteligente y sabia pero que como persona es lamentable? C. C. Facebook

Desde aquí no vamos a dar una respuesta concreta sobre qué has de hacer, pero sí podemos destacar algunas de las principales problemáticas que subyacen a la cuestión que planteas y así animarte a continuar una reflexión autónoma. Verás que tu pregunta dispara al corazón mismo de la cultura occidental.

En primer lugar, te animaría a cuestionar el uso que haces del término “sabio”, porque surge de un olvido histórico de la naturaleza de la verdadera sabiduría. En todas las grandes tradiciones, el concepto de sabiduría está ligado a un saber vivir, a una prudencia en el manejo de la propia vida, y en ese arte de vida juegan un papel fundamental las relaciones con los demás. El sabio no es, por tanto, un mero erudito, esto es: una persona instruida en varias ciencias o materias. ¿Podría tu pregunta estar relacionada con esta confusión entre sabiduría y erudición? Parece que naturalmente intuyes que alguien sabio no debería comportarse de modo indigno con los demás y eso te produce un extrañamiento y un dilema entre la atracción hacia una compañía que podría ser profunda y rica y el rechazo hacia una conducta que deja mucho que desear. Para clarificar tu situación te haría una pregunta: ¿estás identificando la complejidad con la profundidad? Muchas veces funcionamos con el supuesto de que las personas, experiencias o ideas complejas han de ser también profundas pero ¿es posible que algo que sea complejo pero no profundo? ¿Por qué asumimos que lo sencillo y fácil es superficial o carece de mérito o interés?

En segundo lugar, puede serte útil cuestionar un mito construido en torno a la Ilustración y tener en cuenta que alguien puede ser “adicto” al conocimiento/saber (¿o deberíamos decir más bien al consumo de información?), como otras personas lo son a las compras. Puede que recuerdes que en el número anterior de FH, reflexionábamos sobre la lectura reivindicándola como ejercicio filosófico, pero la moneda tiene siempre dos caras: uno puede consumir libros como quien consume comida rápida. Se me ocurren varios motivos para leer y ninguno de ellos parece hacernos más sabios: buscar las ideas que cuentan con mayor legitimidad y adquirir así una seguridad prestada evitando tener que pensar por uno mismo; evadirse de la propia vida y no hacer frente al vacío, a nuestros problemas u a otras facetas humanas que tememos afrontar… La erudición no tiene por qué ir de la mano del desarrollo real e integral de un individuo y, de hecho, puede ser una vía de escape socialmente aceptada.

Por último, no podrás contestar a tu pregunta sin clarificar qué buscas en el encuentro con otro ser humano. ¿Escoges a tus amistades? ¿En función de qué? Como ves, una buena pregunta siempre es origen de otras muchas.

¿Tienes una pregunta?

Amigos,

desde hace un año vengo colaborando en la revista Filosofía Hoy, una publicación de venta en quioscos y única en su temática. En ella podréis encontrar filosofía, claro, pero también actualidad, ciencia, literatura, arte… y la sección de Filosofía Práctica de EQUÁNIMA. Son varias las cosas que vengo trabajando en ella, principalmente los ejercicios filosóficos, cuya práctica también facilito a través del servicio online Philosophy & Crafts, pero me gustaría retomar un formato que no utilizamos desde hace números y es el de abordar preguntas filosóficas personales. La idea no es dar una respuesta cerrada y definitiva a la pregunta del lector o una solución a un problema, sino ver qué líneas filosóficas emergen de la pregunta, trazar un primer mapa para la exploración, iniciar un pequeño diálogo.

Así que si te apetece participar haciéndome llegar una pregunta que te gustaría empezar a examinar desde el punto de vista filosófico y leer mi respuesta en próximos números de FH, puedes escribirme a agalan@equanima.org

Os dejo como ejemplo una consulta publicada en el número 6 de FH.

A veces me he imaginado en mi lecho de muerte. Cuando se lo he comentado a alguna amiga, me ha mostrado su desagrado y me ha dicho que en esas cosas es mejor no pensar. ¿Es malo pensar en la propia muerte?

No necesariamente. El hecho de pensar en nuestra propia muerte no es algo perjudicial en sí mismo, pues es una puerta que puede llevarnos a recordar qué es lo verdaderamente importante en nuestra vida y revelar la escasa importancia de muchas de nuestras preocupaciones cotidianas. Tomar conciencia de nuestra finitud como individuos produce un potente cambio de perspectiva desde la que mirar el mundo y nos da una sana medida con la que juzgar las cosas que nos suceden. Además, nos permite profundizar en el valor de cada instante, en verdad irrepetible.

Curiosamente, lo que nos narras es similar a un ejercicio meditativo practicado por la escuela estoica, consistente en representarse la muerte en el pensamiento y mirarla de frente recordando que no es un mal. De hecho, ya desde Séneca la filosofía ha sido presentada como un “aprender a morir” y en el seno de la tradición filosófica puedes encontrar muchas lecturas que te ayudarán a comprender en qué sentido puede uno aprender a morir y qué relevancia tiene esto en la propia forma de vivir la vida. Una primera lectura, breve pero muy interesante, puede ser la Carta a Meneceo, de Epicuro.

Sin embargo, una advertencia: una cosa es comprender nuestra naturaleza, lo cual es siempre liberador, y otra estar preso de una obsesión que acarrea emociones negativas como temor y desasosiego, más aún si es sobre la muerte, uno de los mayores enigmas a los que se ha enfrentado la humanidad. Como dice una máxima de La Rochefoucauld: “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse con fijeza”, así que estate atenta a si esta idea es recurrente y si te viene como impuesta desde fuera o si realmente es un ejercicio voluntario del intelecto. Ten en cuenta que una constante representación anticipada de la propia muerte te desvincula del presente y te impide disfrutarlo. Aprender a vivir en el ahora es una de las actitudes que más felicidad nos aporta.

Legitimación de la violencia escolar o pedagógica

Escribo entre la tristeza y la indignación. No es tan grave, pensaréis algunos, solo una muestra más de la incoherencia del sistema educativo que dice enseñar lo que no practica, pero a mí me da mucha pena por varias razones. La noticia es esta. Un instituto de Gijón pide a los padres permiso para corregir a sus hijos mediante el “contacto físico y verbal”. Solo firmando un documento que autoriza a eso y a realizar registros, sus hijos podrán participar en actividades como la Semana Blanca.

Intento sobreponerme a la lectura de los comentarios que la gente ha escrito al pie de la noticia, que ha sido lo peor de todo esto, y ordeno un poco mis ideas. Seré breve, que no tengo ni tiempo ni ganas.

- ¿Qué es corregir mediante el contacto físico? Porque yo solo puedo imaginar cosas como golpear, zarandear, empujar, abofetear… O clásicos pedagógicos como tirones de oreja, capones, collejas… ¿O se refieren a corregir mediante besos y abrazos? ¿O un toque firme en cuello como César Millán, el encantador de perros? Lo del “contacto verbal” me lo voy a saltar porque no doy más de mí…

- ¿Un padre tiene derecho a agredir de forma física y verbal a su hijo? ¿Y este derecho es transferible a otros firmando un papel?

- ¿Cómo es posible que se diga que se educa para la paz y la no violencia y se legitime el empleo de métodos violentos con los educandos? ¿Cómo puede sostenerse tamaña incoherencia? Con todo lo que ya sabemos gracias a diversas ciencias, ¿como es posible que no queramos ver que una persona agredida agrede, que un abusador ha sido antes un abusado, que la violencia se aprende y reproduce? Porque esto es lo que constituye esta medida: violencia legitimada por el Consejo Escolar.

Y los ya mencionados comentarios a la noticia… He hecho una lectura rápida y no me siento con fuerzas para volver y detenerme en ellos. La ira y el desprecio que muestran hacia los chicos y la juventud me entristece. La ignorancia que exhiben y la pésima calidad argumentativa ya es lo de menos. No sé que es peor: si la incapacidad de pensar o la de sentir. Debe ser que están ligadas.

Y aquí lo dejo. Solo manifestar mi reconocimiento y apoyo a los pocos padres que se nieguen a firmar este vergonzoso documento, porque no les parece normal ni admisible que “el deber y el derecho de corrección del profesorado pueda hacer necesario el contacto físico y verbal”, como dice el Director del centro, Julián Dizy, al que un día le voy a dedicar un post solo para él.

Y pensar que vendrán tiempos educativos aún peores…

PD. Y que nadie me venga con chorradas en plan “no sabes de lo que hablas, los adolescentes son el demonio y los profesores están indefensos”. Yo he desempeñado la función de profesora acompañante en un viaje de estudios y ni loca encuentro justificación para pegar o insultar a uno de los chicos. Qué vergüenza… No me refiero a la legítima defensa en caso de ser agredido, ¿hace falta que lo diga?

El malestar

“El malestar individual de nuestra cultura es ante todo el malestar de no saber por qué nos sentimos mal, un no-saber que nos vuelve impotentes para reaccionar y nos aboca a la resignación, la principal causa de la propia autodestrucción y de la destrucción de las criaturas de la siguiente generación a nuestro cargo, a quienes transmitimos e inculcamos el principio de la impotencia, del miedo, de la represión de los deseos y de la resignación. La ignorancia sobre la vida y sus procesos nos hace automatizar y reproducir la ley del sufrimiento y del Poder”

Casilda Rodrigañez, La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente, Ediciones Crimentales, 2007.

El juego de la filosofía

Juguemos. Juguemos a pensar, a imaginar, a analizar relaciones entre conceptos. Juguemos a señalar que el emperador está desnudo, a dialogar en el mercado, a ir más allá de lo evidente, cuestionar la autoridad, a desobedecer, a interrogar tradiciones, a preguntar por qué. No dejemos de recrearnos a cada paso, en cada interrogante. No esperemos nada. No pretendamos nada. La experiencia se basta a sí misma.