El verdadero heroísmo

febrero 27th, 2011 § 3 comentarios

Elegir la vida exige más valor que elegir la muerte, quien escoge la muerte en vida está preso de la cobardía.

Este febrero el luto me ha calado hasta los huesos. La muerte ha permeado mis espacios y mis tiempos. Para perderle el miedo, he deambulado mucho tiempo por un valle de sombras, caminaba tejiendo complacida mi propia mortaja; hay que estar preparada, me decía. Preparada… Me sentaba cada noche al borde de la laguna negra y metía mi pie desnudo en el agua helada. Cogía frío. Me resfriaba. Se confundían mis sentidos y mi entendimiento. Pero una voz me ha llamado hoy desde lo alto de la montaña, desde la puerta de la casa de madera. Me he girado hacia ella y he visto una sencilla figura de hombre, pero no podía entender lo que me decía. Sentía que dos manos me tapaban los oídos y que, al fin y al cabo, todo daba lo mismo. La enfermedad y la salud. El reino de los vivos y el de los muertos. No era capaz de percibir la diferencia. No quería. Así que ese hombre ha bajado hasta mí y me ha dicho con lágrimas en los ojos cuatro verdades. Ha sacado un espejo del bolsillo y me he visto reflejada a mí misma con el agua por la cintura, una lacónica barquita de papel en una mano, el cabello muy largo pegado al rostro, la piel de una palidez azulada. Y he comprendido.

Una puede permanecer apegada a la muerte en un vano intento de conocer y explicar lo inexplicable. De limitar el abismo, de hacer predecible la parca, de domesticar la incertidumbre y exorcizar la impotencia, de poner condiciones y controlar la fuerza que hace y deshace. Contemplándola todo el rato, vigilándola, se hace la ilusión de que la controla y de que no la va a pillar desprevenida. Y, sedada por ese engaño, puede costar ponerse en pie y regresar a la vida.

Un ser humano puede querer – querer morir para negar el hecho mismo de la muerte, para sentir que nada le puede ser arrebatado. Prefiere cortar él mismo los hilos que le atan a la vida, creyendo que así dolerá menos. También puede ocurrir que no quiere soltar la mano de quien ya se ha ido. Pero explicar esto último excede mi atisbo de hoy.  Quiero limitar mi comprensión para reternerla también con la razón: escoger la vida, a pesar de todo, es un acto de valor, de verdadero heroísmo, de absoluta rebeldía ante la condición humana.Y, cuando andas vagando perdida, solo la mano de otro ser humano puede sacarte mediante el amor de entre las sombras.

En honor de todos los hombres y mujeres que nos despiertan a la vida para ser héroes y heroínas. En honor de mi héroe.


Febrero en mi ventana. Ahora oscurece más tarde.

febrero 17th, 2011 § 2 comentarios

Con el destello plateado del metal de las ventanas y el ronco ladrido de un perro algo lejano, irrumpen, imperceptibles, todos los febreros. Todos los zapatos de colores -los rojos, los violetas, los azules-  corriendo sobre todas las aceras y las playas.

El mensaje espera tras el viento, ese rumor constante, ese susurro tan feliz y tan terrible. Abismal. Pero no puedo escuchar lo que me dice, tan solo estoy apoyada en el alfeizar de mi ventana.

Arañas de pétalos de flores tejen hilos en mi pelo, y lo llaman tiempo, y yo sé que es mentira, que nada transcurre, tan solo ésta la tarde

y la llamada del pájaro.

Camina ligera

diciembre 6th, 2010 § 2 comentarios

Ingenua y bienintencionada, caminas como una novia temblorosa asida con firmeza a un ramillete de verdades. ¿No ves que nada más cortadas las flores comienzan a marchitarse y a perder frescor? ¿Acaso crees que puedes atrapar la luz del sol entre los dedos o el agua del río con tu falda? Tus atisbos solo permanecen vivos si no intentas llevártelos contigo; solo así circula la savia vivificante por sus tallos, la fuerza de la corriente por el agua cristalina o el intenso calor del sol sobre la piel.  No hay nada que recoger, nada con lo que cargar. Ve y camina ligera.

Jackass: un signo de los tiempos

diciembre 6th, 2010 § Dejar un comentario

Hace unos años me marché de una cita horrorizada porque el chico en cuestión se había puesto a hablarme de una serie llamada Jackass. Yo me quedé estupefacta escuchando las muchas estupideces a las que se entregaba el reparto, generalmente infligirse dolor o realizar actividades peligrosas. Sirva este video como muestra.

Tras ver el video, uno podría conformarse con etiquetar a sus protagonistas de retrasados mentales, y con eso poner fin al análisis. Pero ahora esto me parece una ingenuidad acrítica. Me explico.

Yo no era capaz de entender el comportamiento aparentemente sin ningún sentido de este grupo de tíos, me parecía caprichoso, arbitrario, y por supuesto estúpido, pero, a la vez, este análisis que hacía no me dejaba satisfecha. Sabía que algo importante se me escapaba. Pues hace un rato, leyendo a Raimon Panikkar, me ha sorprendido hallar la formulación de algo que dota de cierta lógica al fenómeno Jackass y a la fascinación que produce (entre los muchachos jóvenes principalmente) y es la sencilla afirmación de que la vida quiere ser vivida y que “la vida reprimida busca la muerte”(Invitación a la sabiduría, pp. 85) . ¿Cómo ilumina esto el jackassismo juvenil cada vez más extendido? Pues advirtiendo que es un producto de la época, una reacción, una excrecencia esperable ante la anestesia existencial de nuestras sociedades. La obsesión con experimentar solo lo beneficioso, lo ordenado (yendo un poco más allá: lo inteligible, reducido a lo científicamente explicable) es el origen -colectivo- de esta asunción banal de riesgo y dolor de la que presumen sus protagonistas. No quiero decir con esto que defiendo o celebro de algún modo estas insensateces, no, pero sí que las sitúo a la misma altura que la pretensión obsesiva de seguridad y de un malentendido bienestar que articula la existencia contemporánea en Occidente. La variedad de comportamientos autodestructivos y de formas de violencia consentida entre los jóvenes crece proporcionalmente a la obsesión por la seguridad en el llamado primer mundo: las videocámaras, la infantilización de la juventud, los actimeles de todo tipo, la supresión farmacéutica de estados emocionales considerados negativos, la medicalización de los procesos fisiológicos, y, como gran engendro, la guerra contra el terrorismo, entre otras muchas cosas que podríamos mencionar.

Yo, en esa patada en la entrepierna con la que comienza el video, veo más bien la venganza de la vida reprimida, usando la expresión de Panikkar, algo tolerado, celebrado y alimentado por todos. No se puede tildar de comportamiento meramente autodestructivo, porque, aunque de un modo perverso, responde a un impulso irrenunciable: el de vivir la vida. La insensatez que estos alocados muestran es una respuesta al miedo que devora y paraliza las sociedades occidentales, la obsesión por la seguridad y la intolerancia a la incertidumbre que asfixia la experiencia de la vida. Téngamoslo claro: la vida quiere ser vivida y quiere ser puesta en juego mediante un auténtico ejercicio de libertad. Si no lo hacemos de manera natural, los más jóvenes nos lo recordarán refugiándose en insensateces cada vez mayores. Probablemente hasta desembocar en la muerte, como a punto ha estado de suceder en un programa de televisión europeo (porque no olvidemos que al otro lado de la pantalla estamos nosotros: la Audiencia. Tecnología + miedo + dolor como espectáculo, los ingredientes de un cóctel perfecto. Sírvase muy frio y con sombrillita tropical).

Sobre el fuego

diciembre 5th, 2010 § 3 comentarios

El goce y la inocencia son las dos cosas más púdicas:

ninguna de las dos tolera ser buscada.

Nietzsche, Así habló Zaratustra

 

Toda búsqueda espiritual voluntariosa está condenada a volverse contra uno.

No hay modelo, ¿sabes? No hay nada que debas ser o hacer. No hay ningún dibujo que copiar ni hileras de puntitos para guiarte. Y te empeñas en coger un punzón e ir pinchando como solías hacer en el colegio, destrozando el papel hasta extraer una silueta mordisqueda. La vida, la sabiduría, el amor es libertad pura, ¿eras capaz de atisbarlo?

No hay nada que debas hacer. ¡Si al menos comprendieras esto! Dejarías de ir de un extremo a otro: de la pretensión de luz al deseo del abismo.

Los mismos medios que me han ayudado a alcanzar algo de paz en estos años, los mismos libros y prácticas, son los obstáculos que me alejan de la vida auténtica. Por eso me rebelo. Y se rebela mi cuerpo y mi tembloroso corazón. Por eso surge dentro de mí el fuego devorador de ese exceso de “conciencia”. En principio lo juzgué como  un impulso destructivo indeseable. Y me entristecí. Ahora entiendo que es fuego purificador. La noche y sus tinieblas se instalan en mi pecho para mostrarme lo poco que iluminan mis pequeñas velas. Yo corro a protegerlas del viento con las manos ¡y estoy a la intemperie en un inmenso desierto! Las vísceras me fuerzan a desasirme de la falsa paz, protestan porque no hay sitio para ellas en ese invernadero de bonsais. ¡Alma enana, alma asfixiada!, parecen gritarme denunciando la impostura del “tú debes”. Y lo hacen enérgicamente porque solo así le escucho. Solo así parezco tener tiempo.

Quise, y es comprensible, una espiritualidad donde el orden entre dar y recibir fuese claro; y me olvidé de la gracia, de la gratuidad, de la confianza. Cultivé un erial de razones secándose al sol.

Así que:

Bendigo la borrachera

bendigo la taquicardia

bendigo el rostro amanecido a media tarde

y el dominio de los impulsos sobre las razones.

Bendigo a todos los que me han visitado en las últimas dos semanas. ¿No es la auténtica hospitalidad saber recibir al extranjero, al que no se conoce, al incluso amenazante? Lo otro, abrir la puerta al conocido cuando ya sabes que rédito ha de darte, es solo cálculo. Negocio.

Bendigo, por fin, la poesía que reside en cada pliegue de la vida. Que hace habitable el mundo y lo empapa de sentido.

Las palabras, cuando brotan, son buenas para descubrir la impostura. Iluminan y también queman. Como el fuego los rastrojos en los campos.

En realidad, si no pretendieramos nada, vivir la sabiduría sería mucho más sencillo, pues -aquí está el secreto- creo que no hay que esforzarse en buscar ni empujar nada. Aquello de lo que hablo tiene su propio Ritmo y no se presta a cálculos ni a indulgencias. Si a algo ha de asemejarse es a un nacimiento, al ciclo de las estaciones, a la belleza, sencillez e integridad de la naturaleza. Ay, ¡¿cuándo el día en que el río vuelva a ser río y las montañas, montañas?!

No va más

diciembre 2nd, 2010 § 2 comentarios

Últimamente tengo pocos atisbos. Todo son rupturas de un instante, aquí, sola, frente a luz hipnótica del gran sapo. Con mIcaH de fondo, y los incombustible Enemigos. Coso cuatro pétalos en torno a un botón y a eso lo llamo flor. ________ Refugios de margaritas, como en la rubia infancia, recostada, inhallable, sobre la tierra seca de mi tierra. Sed de río y de pozo… Eecoooooo. La apaciguo con goteos de palabras, y a eso lo llamo Impromptu, y sé lo que hay.

Balsa precaria con la surcar los mares. Mi remo es pequeño y ensimismado. No me pidas que vaya adonde cubre.

Decir las verdades

noviembre 23rd, 2010 § Dejar un comentario

Yo no soy inocente. ¿Lo es usted?

La realidad está aquí,
desplegada. Lo real acontece
en lo abierto. Infinito. Incomparable.
Pero el ansia de repetirnos
instaura las verdades.
Toda verdad repite lo inefable,
toda idea desmiente lo-que-ocurre.
Pero las construimos
por miedo a contemplar la enorme trama
de aquello que acontece en cada instante:
todo lo que acontece se desborda
y no estamos seguros del refugio.

Bien pensado, es posible que Platón
no sea responsable de la historia:
delegamos con gusto, por miedo o por pereza,
lo que más nos importa.

 

Chantal Maillard, Matar a Platón

 

(Gracias a Nieves)

Recursos Humanos

noviembre 23rd, 2010 § Dejar un comentario

Hay momentos en los que la poesía es lo único que suena real. Basta leer un verso para reconocer la voz del mundo, de lo que es, dejando a un lado el simulacro. El verso, la metáfora, la palabra descarnada es más veraz que todas las imágenes con las que vuelvo a casa tras el día. A veces ni siquiera es necesario pasar del primer verso. He leído en una hoja inmaculada “Yo no soy inocente, ¿lo es usted?” y más no necesito. No más para saber quién soy ahora, de nuevo, hablándote a ti así. Cadencias de un instante. Rompientes en la arena.


Ocurre a veces

noviembre 5th, 2010 § 4 comentarios

Ocurre a veces, y benditas sean esas veces, que me gusta pensar con  las tripas y sentirme ir. Mis manos acarician entonces el teclado (es así, como si él pudiera sentirlo). Emanan calor. Me desbordo y fluyo, como un agua densa y verde, colmada de plantas acuáticas. Soy como el fondo de un lago. No cristalina sino turbia. Soy barro. Oscuridad. No hay luz en mi hogar. No necesito ver. Palpo, toco, araño y pataleo y así encuentro mi camino. Enseño los dientes y rujo. Soy un animal curvado.


Lo que acontece en tu risa

noviembre 1st, 2010 § Dejar un comentario

Lo que acontece no es un hecho. No es lo que ocurre en este espacio-tiempo limitado que me empeño en registrar. No está formado por una serie de elementos que yo pueda enumerar, tras mucho esfuerzo. El espacio abarca todas las dimensiones aquí mismo desde donde te miro. El tiempo se hace circular y laberíntico, disuelve la sucesión ordenada de los momentos como azúcar en el agua. Porque quienes me han querido se presentan ahora en el arrobo de tus mejillas, porque la vida no es una carrera con etapas que van quedando atrás. Acontece en redes, inmensos telares cuya dimensión traspasa las coordenadas humanas. Tus ojos se exceden a sí mismos, son parte de cosas que tú no conoces. No te pertenecen.

Es hermoso esta confluencia de seres en el instante. Es hermoso tu rostro como rostro a través del cual se muestra lo real que te atraviesa, que no respeta tu afán de identidad individual.

La realidad no es domeñable con conceptos. ¿Qué problema hay si de tu risa acontece su risa o la luz de aquel día? El error es juzgarlo inapropiado, enfermizo. Es pretender contener la inmensidad de lo que ocurre en nuestras pequeños moldes de playa, recoger el mar en pequeñas caracolas agustinianas. Ingenuos cartógrafos de lo real, nos esforzamos en excluir y delimitar para obtener verdades sólidas, humanas, decibles y ordenables, como libros en estantes de biblioteca. Y lo llamamos discernir. Pero no lo es. Discernir es saludar al infinito, acogerlo en tu pecho y dejarte desmembrar en su despliegue, como una inmensa flor que se abre.

Lo real, lo que acontece, así lo pide para ser meramente vislumbrado.

¿Dónde estoy?

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