198 días

Saludos, viajero.


Vuelvo al blog tras seis meses de trabajo como profesora. Durante ese tiempo he estado publicando en otra bitácora, Las ideas de los náufragos, mi espacio de encuentro con los alumnos en la red. El nombre del blog se lo debo a este inspirador texto del filósofo español Ortega y Gasset:

“El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas ‘ideas’ fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad -a saber, que vivir es sentirse perdido-, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a lo que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad”.

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas.

El nombre “Las ideas de los náufragos” resultaba doblemente adecuado para el blog de clase. Primero, por el significado que adquirió el anterior fragmento en un momento dado de mi biografía -como también sucedió con el poema de Hölderlin que contiene el verso que da título a este blog-. Segundo, porque iba a enseñar Filosofía a adolescentes, una etapa de la vida que tiene algo de la autenticidad y radicalidad del naufragio orteguiano: la actitud de búsqueda tras el derrumbamiento de los valores y formas vitales que se creían seguras, la tendencia a la duda y la problematización, la apertura a nuevos mundos… Ya es hora de dejar interpretar la adolescencia bajo el esquema de la carencia y de reconocer lo que de despertar filosófico hay en ella.

Esta tarde he querido sentarme ante el ordenador, recoger los frutos de mi particular vendimia y moler la uva. Obtengo así un primer mosto, que comparto con vosotros. Otros pasos habrán de darse para elaborar el vino.


  1. Mírales. Es así de sencillo: si miras de verdad a los alumnos, te mirarán. Si les escuchas, de verdad, te escucharán. Si te entusiasmas, responderán con entusiasmo. Insisto en puntualizar “de verdad”, en subrayar la necesidad de un ejercicio auténtico de los sentidos para suscitar empatía, porque huelen la farsa, la incongruencia y la improvisación mal entendida a kilómetros. Lo cual está bien para no caer en la enajenación personal y en una suerte de absurdo teatrillo.
  2. Éste no es un trabajo con muchas vacaciones. Esta profesión está rodeada de tópicos. El de que los profesores apenan trabajan es uno de ellos. Mi experiencia ha sido totalmente la contraria. La docencia exige verdadera entrega para resultar exitosa y eso incluye el trabajo fuera del centro docente, muchas veces en fines de semana y vacaciones.
  3. Si no estás dispuesto a querer a los alumnos, busca otro trabajo. Existen muchos prejuicios y temores asociados al establecimiento de vínculos afectivos con los alumnos pero lo cierto es que el cariño propicia la apertura cognoscitiva y es motor del aprendizaje. Si tú no te das, no esperes que suceda nada digno de mención en clase.
  4. No pongas tu autoestima personal en el reconocimiento por parte de tus alumnos. Perderás tu libertad y tu capacidad de discernimiento. A todos nos gusta ser queridos pero tener como objetivo la aprobación de los alumnos es una perversión de la tarea docente que te limitará en todos los sentidos.
  5. Acepta el reto de ser tú mismo en clase. Es un desafío, ciertamente. En general, resulta más fácil adoptar un rol, con frecuencia heredado de nuestra propia experiencia discente, que nos protege frente a un entorno que percibimos como hostil.  Además, hay quien dice que es mejor  mantener una actitud impersonal para evitar sentir simpatías y antipatías que acabarían imposibilitando la objetividad a la hora de evaluar. A eso lo llamo yo autoengaño;  esos sentimientos naturales se producirán de igual modo, pues somos humanos en medio de nuestras clases. La relación con el alumno desde un yo auténtico solo puede ser motor de ecuanimidad.
  6. Por ello, conócete a ti mismo. Adopta esta máxima como principio didáctico guía. Verás que la docencia es una vía de autoconocimiento idónea. Permanece atento en medio de tus clases: observa qué miedos mueven tus acciones, cuáles son tus fines y presupuestos, qué creencias guían tu comportamiento como docente y tu relación con los alumnos.
  7. No hagas pseudo-preguntas. Un error muy frecuente entre los docentes es plantear falsas preguntas, preguntas de las que ya saben, o creen saber, la respuesta, como si fueran verdaderos interrogantes. Los alumnos, como los adultos, perciben las falsas dinámicas de comunicación y no entrarán en teatrillos mediocres y mal compuestos. Solo la verdadera pregunta y  la búsqueda de la verdad es movilizadora. O, en todo caso, las pseudo-preguntas solo activan el patrón del alumno “aplicado”, perverso para ambas partes e hipotecador del futuro del alumno en cuestión.
  8. Ojo con los “buenos chicos”. Suele decirse que los buenos alumnos no necesitan a los profesores pero lo cierto es que nos necesitan y mucho. Primero, porque está extendida una concepción del buen alumno terriblemente errónea, sinónimo de complacencia, sumisión y predictibilidad. Estos jóvenes, muy identificados con su rol de alumno aplicado y de sobresaliente, necesitan profesores que les cuestionen y que les saquen de su inercia desfondada, de su automatismo y de su complacencia. No deberíamos premiar la obediencia sin sentido, el conformismo y la capacidad para satisfacer deseos de dudosa legitimidad de los profesores. Nos estamos cargando a gente con altas capacidades, a los que convertimos en bonsáis para nuestro recreo. Deja que florezcan y si has de podar, hazlo con sumo cuidado y respeto.
  9. No les presentes cadáveres como alimento. Esto sirve especialmente en las clases de filosofía pero creo que puede hacerse con todas las materias. Los contenidos deben ser presentados como problemas no resueltos, no como objeto de memorización mecánica. En el caso de la filosofía, resulta sorprendente ver la naturalidad con la que los alumnos abordan grandes cuestiones como  la muerte, el sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad o la sociedad, con la condición de que el profesor esté realmente  + pensando + junto a ellos + con honestidad.
  10. Acepta la incertidumbre como parte necesaria y productiva de tu trabajo como docente. Renuncia al control total en el aula, si quieres que suceda algo es imposible hacerlo en un clima en el que nada escapa a tu previsión. Ese impulso obedece a tus propios miedos, pero no es una buena guía para la educación. La base actitudinal no es el control, sino la confianza.
  11. Piensa tu materia a lo grande. En primer lugar, busca la conexión de tu asignatura con la vida, y evita planteamientos pobres. En segundo, asume la interdisciplinariedad como principio didáctico, no es solo una palabra de moda sino una forma de enseñar la realidad, pues el mundo no está dividido en compartimentos estancos; asume la complejidad y las interconexiones en tu metodología. Y, por último , date cuenta de que el método más seguro, y quizá el único, para despertar la creatividad de los alumnos es siendo tú mismo creativo en tu forma de trabajar. Piensa lo impensable.
  12. Trabaja en equipo. Crear vínculos con otros profesores dará alas a tu trabajo por muchas razones: posibilidad de sinergias, apoyo emocional, etc.
  13. Inspírate en una red. En internet encontrarás foros y blog de profesores que viven de forma creativa e ilusionante su tarea. Contacta con ellos y teje una red. Hay mucha gente que trabaja activamente por cambiar y mejorar la educación.
  14. Usa las TIC de forma creativa. Las TIC abren un mundo de posibilidades pero no caigas en el error de creer que basta con poner un video para abrir las mentes de los alumnos. No se trata de cambiar la pizarra por el proyector. Eso en sí mismo no es innovador, o lo es solo de manera trivial. Hay que generar formatos nuevos sobre presupuestos diferentes. Explora.
  15. Emancípate. Las técnicas didácticas pueden ser de ayuda, sobre todo la comunicación a este respecto con otros profesores, pero lo ideal es que vayas generando tu propio estilo y metodología, como un fruto que nace de forma natural de lo que tú eres. Si no, incluso la más liberadora y creativa de las didácticas puede ser otra forma de alienación y de desconexión de ti mismo.
  16. Detrás de todos y cada uno de los alumnos problemáticos hay una familia –y una sociedad- que lo explica. Sobre todo en los primeros cursos de la ESO, he visto a los alumnos muy nerviosos, ansiosos, con comportamientos crueles y abusivos sobre los más débiles y con actitudes machistas y racistas. Ellos son el reflejo de sus mayores, lo que debería darnos qué pensar. Debemos esforzarnos por comprender antes de juzgar y etiquetar.
  17. Se enseña lo que se practica, no lo que se predica. Si, por ejemplo, tienes prejuicios machistas o racistas ¿cómo pretendes educar para evitar la discriminación en el alumnado? Lo primero debe ser el autoexamen y el autoconocimiento. No hay nada más absurdo que pretender enseñar lo que se desconoce. El pastiche resultante es desolador.
  18. Gestiona los lastres. Pueden adoptar múltiples formas: exceso de burocracia (actas, listas, evaluaciones, circulares, reuniones de dudosa utilidad…), una dirección castrante, programaciones absurdas… Son uno de los principales factores para caer en el desánimo. Hay que identificarlos y no permitir que resten energías.
  19. Aliméntate. Este trabajo está muy volcado hacia los otros –ya dijo alguien que la didáctica no es una forma de hacer, sino una manera de darse-, por lo que es necesario no descuidar el propio alimento. Dedícate tiempos y espacios de reflexión, meditación, contacto con la naturaleza y el arte o de cualquier otra vía para nutrir tu vida creativa. Es muy importante.
  20. Busca un sentido profundo a tu trabajo,  o prepárate para el síndrome de burn-out. Ni el más innovador de los programas anti estrés puede evitar el desgaste que produce la falta de sentido profundo de tu trabajo. Una vez más, piensa a lo grande. Filosofa.


Y ahora… que fermente.

7 pensamientos en “198 días

  1. La misión « Florecejonia

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