La gesta

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Hace unos días todos asistimos al triunfo de la selección española de fútbol. Quienes no atendieron al partido, pocos, vieron a la gente salir a las calles portando banderas o escucharon sus cánticos y gritos desatados. Uno que tuvo particular éxito fue “Yo soy español, español, español”, entonado con un voz grave y, en mi opinión, con una rara cadencia, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que todo resultaba  extraño. Esa exaltación patriótica era extremadamente inusual. Yo nunca había visto antes cosa semejante. No sabía que era bueno ser español, español, español, algo que uno pudiera querer gritar a los cuatro vientos porque, de hecho, simplemente no parecía ser un aspecto relevante en la vida e identidad de uno. Bueno, sí, lo ponía en el DNI y había que escribirlo al cumplimentar solicitudes pero lo normal es que el tema de la identidad nacional estuviese limitado a dos discursos. Por un lado, el de las tradiciones orgullo de la nación tipo: gastronomía -tortilla de patatas y paella como platos estrellas-, el ir de cañas y tapas, la fiesta nocturna que supuestamente nos hace envidiables al resto de los europeos, y la siesta. Por otro lado, la guerra civil y todo lo que vino después. Antes no debe haber pasado nada importante porque nadie habla ello (fuera de ciertos circuitos). De hecho, a lo mejor este país nació de la nada en el 36. En todo caso, llamaba la atención esa exaltación de la colectividad. Yo la miraba con un sentimiento ambivalente. Y no solo porque ya de por sí la pérdida de la individualidad en el fervor colectivo sea a la vez fascinante y atemorizador, sino porque me alegraba y a la vez me preguntaba por qué. ¿De qué me iba a alegrar? Porque si mi sentimiento de pertenencia a España ha de construirse sobre el deporte, vamos listos. Ya les digo aquí que no me interesa. Aunque Rafa Nadal gane la F1.

¿Comentaron en casa este tema? No sé, no sé… Aquí lo que se  lleva es ignorar la cuestión, espinosa, que no sabe una por dónde cogerla, y levantar castillos de 80 metros cuadrados en los que resguardarse (ya explotó Ikea esta idea: “La república independiente de tu casa”), donde viven el señor y la señora, con algún súbdito si no queda más remedio, que luego deviene en señor también, con la consiguiente lucha por el poder y por el cetro moderno: el mando a distancia. Y hay que esforzarse mucho para poder comprar el Home Cinema y el aparato de gimnasia, y así tener que salir lo menos posible de la patria casera, redecorándola  junto a la propia vida, por temporadas (cuánto saben los publicistas de Ikea, ni Don Draper).

El caso es que hay otros castillos adosados a los nuestros, con sus señores dentro, al fondo, escurridos dentro del sofá. ¿Dudas porque no los ves? Sí, hombre, son los que maldices cuando ponen la tele alta. Los mismos a los que espías cuando oyes que discuten. El caso, digo, es que no sabemos cuáles son sus nombres ni sus anhelos, ni nos importan.

Bueno, pues todos esos salieron a los balcones y a las calles con banderas, hicieron declaraciones a la televisión, lloraron, besaron a sus mujeres, y las mujeres a sus maridos, y los niños gritaron de alegría. Todos por una misma causa que hizo que se rascasen los bolsillos en busca de un patriotismo normalmente ausente. ¡Espera que recuerdo que me quedaba un poco! Sí, algo de una península… y no sé qué. ¡Viva España! ¡Viva Zapata! Los niños, inocentes, se alegraban de verdad.

Dicen los espacios deportivos de los telediarios que España se sintió una, que gritó a coro, por una gesta nunca antes vista, y acompañaban estas palabras con las bandas sonoras de películas tipo Braveheart, Gladiator, El último mohicano… y a la gente le encantó. ¿Por qué? Me pregunto. ¿Echan en falta algo? ¿Algo además de dinero y tiempo?

El triunfo de la selección, a pesar de la  importancia que quiere darle todo el mundo, hasta el artificio, no va a fomentar la unión de esfuerzos ni a levantar el país, por mucho papel higiénico patriótico que se venda. La gente se sintió parte de algo más grande que ellos (que los trascendía) durante un par de días, pero ese sentimiento se desvanecerá, como la espuma, si no hay nada debajo que lo mantenga. La humanidad, la solidaridad y la responsabilidad, el origen de la verdadera ciudadanía, no pueden fundamentarse  en las victorias deportivas, sino en un sentimiento de afiliación, de affiliare, de filius, que significa hijo. Dice Morin que es un “sentimiento matri-patriótico que debería ser cultivado de modo concéntrico a propósito de Francia, Europa, Tierra” (él es francés, no podemos pedirle otra cosa; cambien “Francia” por “España”, si es que pueden). Es por una historia y unos valores comunes que se desarrolla un sentimiento de pertenencia, afiliación y de hermandad. Nosotros… nosotros andamos haciéndonos test de paternidad. Cuando  no directamente somos hijos de la desesperanza.

Sin filía, sin amistad, sin proyectos colectivos, grandes y pequeños, la identidad nacional seguirá siendo una cosa incomprensible e incómoda, y lo que es peor: secuestrada por gente sin cerebro y sin corazón, en manos de masas desbocadas sin saber por qué ni a dónde.  Y las gestas, los hechos memorables, continuarán siendo caricaturas de un país que se niega a pensar, a sentir y a conocerse. Seres sin historia. Hijos de la nada.

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