¿Qué haces así tan quieta?

Cuando la muerte irrumpe y parte con alguien realmente importante en tu vida, sobreviene un tiempo distinto a todos los anteriores y de una cualidad paradójica. Un tiempo de permanente convivencia con alguien que hace algo tan inasible e inacabable como morir. Y hablo de convivencia porque aunque el muerto no esté, porque está muerto, te acompaña o le acompañas, produciendo una consecuencia difícil de explicar: el de “habitar” en dos lugares que es imposible que se den a la vez. Uno que nos es propio como seres vivientes y otro, en realidad un no-lugar, que tan solo intuyo sin por ello conocer. ¿Cuándo un muerto deja de morir? Me parece que nunca. Así, de un modo que reconozco es muy confuso, parece que la irrupción de la finitud ha traído a mi vida una nueva intuición de infinitud.

Todo alrededor de la muerte es paradójico. La visión del cuerpo del muerto confirma cosas contrarias: que está y que no está.  Puedes verlo y tocarlo, pero en ese mismo momento de confirmación consoladora de la presencia, en ese mismo momento (toque o beso) y no en uno posterior, sabes íntimamente que estás ante algo que no es. Por ello, renuncias a retenerlo. El cadáver da quitando(se).

Presencia que se sustrae a sí misma. Un cuerpo que muestra una ausencia. Un rostro visible, quieto ya por siempre en incesante partida, inaprensible. Por siempre.

Es el mismo sin ser el mismo, está alterado en sí mismo: ¿no es así como se aparece un muerto? ¿No es una alteración a la vez insensible y sorprendente –el aparecer de lo que (del que) propiamente no aparece ya, el aparecer de un aparecido y desaparecido– lo que lleva más propia y violentamente la huella de la muerte? El mismo que no es ya el mismo, la disociación del aspecto y la apariencia, la ausencia del rostro en la misma cara, el cuerpo hundiéndose en el cuerpo, deslizándose bajo él. La partida inscrita en la presencia, la presencia presentando su despedida. Él ha partido, ya no está allí donde está, ya no es como es. Está muerto, es decir, no es eso ni aquel que al mismo tiempo es o presenta. Él es su propia alteración y su propia ausencia: no es propiamente sino su impropiedad.

Jean-Luc Nancy. Noli me tangere. Ensayo sobre el levantamiento del cuerpo. Madrid, Minima Trotta, 2006 47-48.

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