Jackass: un signo de los tiempos

Hace unos años me marché de una cita horrorizada porque el chico en cuestión se había puesto a hablarme de una serie llamada Jackass. Yo me quedé estupefacta escuchando las muchas estupideces a las que se entregaba el reparto, generalmente infligirse dolor o realizar actividades peligrosas. Sirva este video como muestra.

Tras ver el video, uno podría conformarse con etiquetar a sus protagonistas de retrasados mentales, y con eso poner fin al análisis. Pero ahora esto me parece una ingenuidad acrítica. Me explico.

Yo no era capaz de entender el comportamiento aparentemente sin ningún sentido de este grupo de tíos, me parecía caprichoso, arbitrario, y por supuesto estúpido, pero, a la vez, este análisis que hacía no me dejaba satisfecha. Sabía que algo importante se me escapaba. Pues hace un rato, leyendo a Raimon Panikkar, me ha sorprendido hallar la formulación de algo que dota de cierta lógica al fenómeno Jackass y a la fascinación que produce (entre los muchachos jóvenes principalmente) y es la sencilla afirmación de que la vida quiere ser vivida y que “la vida reprimida busca la muerte”(Invitación a la sabiduría, pp. 85) . ¿Cómo ilumina esto el jackassismo juvenil cada vez más extendido? Pues advirtiendo que es un producto de la época, una reacción, una excrecencia esperable ante la anestesia existencial de nuestras sociedades. La obsesión con experimentar solo lo beneficioso, lo ordenado (yendo un poco más allá: lo inteligible, reducido a lo científicamente explicable) es el origen -colectivo- de esta asunción banal de riesgo y dolor de la que presumen sus protagonistas. No quiero decir con esto que defiendo o celebro de algún modo estas insensateces, no, pero sí que las sitúo a la misma altura que la pretensión obsesiva de seguridad y de un malentendido bienestar que articula la existencia contemporánea en Occidente. La variedad de comportamientos autodestructivos y de formas de violencia consentida entre los jóvenes crece proporcionalmente a la obsesión por la seguridad en el llamado primer mundo: las videocámaras, la infantilización de la juventud, los actimeles de todo tipo, la supresión farmacéutica de estados emocionales considerados negativos, la medicalización de los procesos fisiológicos, y, como gran engendro, la guerra contra el terrorismo, entre otras muchas cosas que podríamos mencionar.

Yo, en esa patada en la entrepierna con la que comienza el video, veo más bien la venganza de la vida reprimida, usando la expresión de Panikkar, algo tolerado, celebrado y alimentado por todos. No se puede tildar de comportamiento meramente autodestructivo, porque, aunque de un modo perverso, responde a un impulso irrenunciable: el de vivir la vida. La insensatez que estos alocados muestran es una respuesta al miedo que devora y paraliza las sociedades occidentales, la obsesión por la seguridad y la intolerancia a la incertidumbre que asfixia la experiencia de la vida. Téngamoslo claro: la vida quiere ser vivida y quiere ser puesta en juego mediante un auténtico ejercicio de libertad. Si no lo hacemos de manera natural, los más jóvenes nos lo recordarán refugiándose en insensateces cada vez mayores. Probablemente hasta desembocar en la muerte, como a punto ha estado de suceder en un programa de televisión europeo (porque no olvidemos que al otro lado de la pantalla estamos nosotros: la Audiencia. Tecnología + miedo + dolor como espectáculo, los ingredientes de un cóctel perfecto. Sírvase muy frio y con sombrillita tropical).

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