Ella quería eso y yo le daba eso

Sigo explorando en busca de poesía erótica. El hallazgo de hoy no es apto para moralistas. El título ya lo avierte. Y el que avisa no es traidor.

 

ELLA QUERÍA ESO Y YO LE DABA ESO. NI SEMEN, NI SONRISAS, LATIGAZOS

Un día me pidió que la matara
y yo me lo pensé.

Al señor magistrado le podrás decir
que era el primer orgasmo de mi vida
y que esa emoción violenta me mató,
a mí no me lo digas, llévame una flor.

A mí, dame la opulencia de tus manos
pegándome,
abriendo surcos de amor sobre mi piel,
tu distancia viéndome gozar, eso quiero,
las blasfemias al oído para poder llegar:

Puta… Puta… Puta… hoy no te pegaré
y, ahí, comenzaba el gran concierto.

Los ayes de la bestia se tragaban el alma
la moral quedaba arrinconada en la ventana
y la carne en su ética, más allá de mi goce,
imponía la maravilla del dolor, su algarabía.

Un día me pidió que la matara
y yo me lo pensé.

A tus amigos puedes decirles
que no te amaba tanto.

Que me fui con un hombre
que permite el silencio.
Todos los amigos entenderán,
me fui con un hombre,
que amaba con frenesí,
todos mis defectos.

Nadie preguntará por la que sólo goza
cuando sobre su piel el amor deja huellas,
marcas que atestigüen que estuvimos, ahí,
amándonos.

Éramos únicos en esa soledad,
tú, enamorado de mis gritos,
yo, del dolor.

Tu cuerpo no existía,
sólo tu brazo firme
golpeando las nalgas de la muerte.

A tus amigos diles que un día me cansé
de tus modales delicados, de tu timidez,
que yo quería un macho a mi lado,
que me obligara a amar,
que me pegara siempre.

Y tú estabas lleno de palabras,
tu brazo, al pegarme, siempre tembló.

Cuando tu brazo dejó de ser tu brazo
y fue el viento de fuego del desierto,
la helada razón de los glaciares árticos,
ese día gocé,
ese día gocé desde la marca al alma,
ese día el dolor
gozó en mí como nunca.

Hielo sobre fuego y no se derretía.
Era un cristal que atravesaba el fuego
y al chocar con la piel se diluía.

Al recordar,
hielo y fuego eran el mismo sueño.

Quiero que intervenga la justicia,
que se abra un expediente
que se investigue nuestro amor.

¿Quién es el asesino?

Tus manos que apretarán mi cuello
hasta el orgasmo
o la tarde de otoño donde ciegos,
atravesamos las calles del delirio,
donde una gran maldad naciente
me hacía gozar.

¿Quién es el asesino?
Este pobre hombre sin destino
que sólo desea mi deseo
de morir en sus brazos
o la pequeña mujer
que invade su cerebro
cuando me llama puta.
¿Quién el culpable, quién?

Si cuando su brazo se alzaba
omnipotente contra el mundo,
era la fuerza de su brazo, mi deseo.

Le digo no a la vida para poder amarte,
me hundo entre las piedras amargas
de tus universales reflexiones.

Esquivo bruscamente
caricias comprometedoras
y caigo, infinita,
en mi propia negritud.

Hoy no es el goce el que nos llama.
Hoy es la muerte la que quiere gozar.

¡Pégame!

Soy esa puta
que siempre quisiste maltratar.
La esclava por amor
que siempre ambicionaste.
La mujer extranjera y sin familia
que nadie reclamará.

¡Mátame!

Llénate para siempre de mis gritos
de goce con la muerte.

Toma distancia de nuestro amor
pidiendo piedad
y mátame.
Haz como que juegas con mi cuello
y rómpelo.
Desprecio tu cobardía
tu demencia varonil
y muero sin que me mates,
sin matarme muero.

Siembro en tu vida la duda, la sospecha.
No me has matado, no y, sin embargo,
eres el asesino, el que violó a su víctima
mientras agonizaba.

Escríbeme un poema,
no te olvides.
Dibújame en la cara
una sonrisa eterna.
Pon tersura en mis pechos
y en mis nalgas la salsa de la vida.
No dejes de decir en el poema
que yo, también, te amaba.

A mis mujeres amadas,
a nuestras novias amadas
les dirás toda la verdad:

Un día me pidió que la matara
y la maté.

Y a cada una de ellas, mis amadas,
le hablarás en secreto de nuestro amor
y del grandioso momento de mi muerte.

Ellas se volverán locas
y buscarán el goce del dolor
y tú serás el asesino en serie
que la historia jamás olvidará.

Ten un destino
pégame más fuerte
mátame.

Miguel Oscar Menassa

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