la nada insiste

Perduran (tú ya lo sabías) los surcos y canales

que llevan lo que no es

a mi centro descentrado:

mi cerebro

rosa y seco.

 

Generan sed y huida.

 

 

Late mi frente bastarda,

hija de la nada y del lenguaje,

excrecencia fría.

 

Fría como las multitudes enardecidas

y el desengaño

de los que no saben

de los que nunca supieron

 

y mi sangre no mana ni fluye ni mancha mis dedos

tan solo permanece coagulada tras mis ojos.

 

Es decir,

que me duele la razón

por mi extravío.

Por ese grito mudo resonando en este espacio

sobre todo tuyo.

 

Tuyo,

hombre,

que dijiste esfuérzate,

y hablaste de voluntad.

 

Hoy me duele el cuerpo por su ausencia.

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3 pensamientos en “la nada insiste

  1. Hola¡ he leído tu poema y me ha gustado mucho…os copio a todos un viejo poema que escribí hace mucho tiempo; a todos los que amais la poesía, a ver si os gusta…

    Mujer,

    yo te saqué de los hierros
    que los ríos destrozaban,

    de las oscuras verjas
    que arrancaste a tu espalda
    cuando hacían su metal vertiginoso.

    Yo te arrojé a lo blando
    de los espejos
    para que quitaras sus furiosos
    ligueros.

    Por entrar sin mirar
    te dolió un costado
    manchado por mi risa,

    un diamante entero en ansia.

    De pronto oliste la imagen
    del sueño: su tela de sed
    humeaba.

    Sudabas en hijos,
    de tus ojos cansadamente
    brotaba sal purulenta.

    Pero Mujer, en mi jovial
    saltaba toda tu entraña….

    Ahora toma aquí
    tres respiraciones
    en que deshilacharte,

    dos diademas de vino
    y una piedra por espolvorear,

    forma siete cuerdas de luz
    anudadas en el mechón:
    tu cabello crece como cebada.

    Anoche eras la mitad
    y por eso no de podía pisar
    en lo duro de ti,

    ya no se podía comer más
    de aquellos dulces templos
    capturados.

    Media rodaja de movimiento
    desprendía tu cintura
    de gata cristalina.

    Llevabas espacio
    entre las comisuras:
    ardía
    tu
    delicadeza.

    Después, al mordértela,
    al chupar su pellejo,
    estaba tu alma
    empapada de dolor.

    Y no te reconocías
    en ella: mas eras
    longitud divina,

    anhelo de rosa

    que yo arrancaba
    de tu recíproca
    boca de voces.

    Era yo.

    Lo hice porque te quiero
    siempre altiva y hermosa,
    nunca oscura y perdida.

  2. Pues humedece, humedece. Hoy llueve donde estoy, dentro y fuera de casa 🙂 El agua siempre irrumpe salvadora.

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