Desentrañar

Desentrañar, si es posible, algo esta tarde. Algo que recuerde lo sencillo. Algo que, como una huella en la arena, remita al caminante.

Desentrañar, sin esfuerzo, si es posible, algo esta tarde. Un paño que se despliega sobre mi regazo.

Algo, sin esfuerzo, si es posible, en mi cocina, como una puerta entornada o el olor de la madera.

Una puntada de hilo, mi mano sobre la manta.

La oscuridad o el misterio.

Guardo la ropa de enero, un arcoiris clandestino toca la pared de aquella casa anhelada, que ya no necesito, porque tengo una.

Se mezcla esa casa y la mía, y suenan los pendientes de las madres que se pierden, al tocar el suelo. Pequeños y dorados, como lágrimas de hadas.

Ya no llevamos hombreras, las mujeres, digo, y el pelo no es tan rubio como entonces. Pero la casa sigue guardando el misterio.

Un misterio que se desvela entre la cocina y el baño, la galería y ese jardín secreto que apenas lograba ver desde la ventana. Un misterio que adquiere forma de pijama y rodillera, y dedos entrelazados. Un misterio que se sirve en platos blancos adornados de ensalada. Olivetti roja, zapatos de tacón y una pulsera.

 

Desentrañar, decía, algo esta tarde, si es posible, sin esfuerzo, pero no sin lágrimas.

Anuncios

“Teatro” infantil

Me inquieta y entristece ver a los niños actuar para agradar a un adulto, hacer “monerías”, fingir una sonrisa, exhibir sus conocimientos o responder a una de las cien mil preguntas que les lanzamos en un día-examen que no acaba nunca. Intuyes el alejamiento de la criatura de sí mismo, la pérdida del contacto directo con sus deseos, la desvalorización de sus estados anímicos y sentimientos. Es el inicio de la impostura, el autoengaño y la hipocresía de la sociedad adulta. Algunos lo llaman educación.

Qué diferente es hacer volteretas en la playa por puro placer que hacerlo para conseguir la aprobación y los elogios de un adulto. Se produce un descentramiento en el que lo que importa es la mirada del otro, del padre, la madre, del adulto amado. Y, en cambio, qué maravilla ver el rostro de un niño que toca por primera vez la cuerda de una guitarra, iluminado por la sorpresa y el placer del descubrimiento del sonido, plenamente centrado en él, atento y repitiéndolo una y mil veces con el mismo brillo en sus ojos.

Solo en la acción que no es un medio para agradar y obtener aprobación adulta puede haber placer y alegría. Pero, sabéis, los niños nos quieren tanto que harán lo que sea para sentirse amados y aceptados. Incluso renunciar al placer y a la alegría de la palabra y la acción verdadera. Nada les importa más que tú.

Despierta

Despierta, mucho más que antes cuando no dormía,
se ha levantado la piel sobre abstracciones
y ha dicho más
y ha dicho entra.

Alerta, vibrante, precisa la tensión en puertas
de ser tocada.

Lo que antes era un lugar, ahora es órgano vivo.

Tú tienes miedo, avanzas con cuidado, te detienes. Pero hoy mi hambre es nueva y tú la sientes. Rendido, cierras los ojos. Ya estás conmigo.

Vuelve la filosofía a Jonia

Ya es hora de reordenar las piezas y montar el puzzle. De unificar. De integrar.

Florecejonia nació sin propósito definido a raíz de un curso sobre Filosofía para Niños y TIC. Desde entonces, varió de propósito y albergó diversos tipos de textos. Hace cosa de un año y medio sufrió un cambio esencial, dejé de escribir reflexiones en él y lo limité a ser el lugar donde publicar poesía o algo parecido. Me llevé la filosofía a otro lado. ¿Por qué? Pensaba que difícilmente el cuerpo, los sentidos y las emociones podrían convivir con la reflexión sin despertar conflicto, que mi imagen como filósofa requería seriedad y nobleza, especialización. Hasta que me he dado cuenta de que tal conflicto no existe. No existe en mí, que voy solando lastre y encontrando mi propia manera de hacer filosofía. No existe en algunos otros, que insisten en decirme que hay pensamiento donde yo veo un gemido, silencio o dolor. Y en el resto, los que trazan barreras y límites, los que llaman al orden, a la construcción de una imagen vendible y decente, al cálculo y a estrategias que me son ajenas… quizá no escriba para ellos. O, quizá, después de todo, esto no sea para tanto. Sed indulgentes. Sé que también sois curiosos. Soy solo yo. Siempre la misma sobre el teclado. Yo, cuando escribo “pensamiento”; yo, cuando escribo “vientre”. Es hora de simplificar. Simplifiquemos.

Calippo

Las palabras son espurias tantas veces.

Tantas veces renegué de ti,

en versos viejos y palabra usada.

 

La entraña, en cambio,

nunca miente.

 

*

 

La realidad de tu cuerpo ocupando un espacio

hace huir a los fantasmas.

 

*

 

Existes

y eso basta.