Vuelve la filosofía a Jonia

Ya es hora de reordenar las piezas y montar el puzzle. De unificar. De integrar.

Florecejonia nació sin propósito definido a raíz de un curso sobre Filosofía para Niños y TIC. Desde entonces, varió de propósito y albergó diversos tipos de textos. Hace cosa de un año y medio sufrió un cambio esencial, dejé de escribir reflexiones en él y lo limité a ser el lugar donde publicar poesía o algo parecido. Me llevé la filosofía a otro lado. ¿Por qué? Pensaba que difícilmente el cuerpo, los sentidos y las emociones podrían convivir con la reflexión sin despertar conflicto, que mi imagen como filósofa requería seriedad y nobleza, especialización. Hasta que me he dado cuenta de que tal conflicto no existe. No existe en mí, que voy solando lastre y encontrando mi propia manera de hacer filosofía. No existe en algunos otros, que insisten en decirme que hay pensamiento donde yo veo un gemido, silencio o dolor. Y en el resto, los que trazan barreras y límites, los que llaman al orden, a la construcción de una imagen vendible y decente, al cálculo y a estrategias que me son ajenas… quizá no escriba para ellos. O, quizá, después de todo, esto no sea para tanto. Sed indulgentes. Sé que también sois curiosos. Soy solo yo. Siempre la misma sobre el teclado. Yo, cuando escribo “pensamiento”; yo, cuando escribo “vientre”. Es hora de simplificar. Simplifiquemos.

Calippo

Las palabras son espurias tantas veces.

Tantas veces renegué de ti,

en versos viejos y palabra usada.

 

La entraña, en cambio,

nunca miente.

 

*

 

La realidad de tu cuerpo ocupando un espacio

hace huir a los fantasmas.

 

*

 

Existes

y eso basta.

la nada insiste

Perduran (tú ya lo sabías) los surcos y canales

que llevan lo que no es

a mi centro descentrado:

mi cerebro

rosa y seco.

 

Generan sed y huida.

 

 

Late mi frente bastarda,

hija de la nada y del lenguaje,

excrecencia fría.

 

Fría como las multitudes enardecidas

y el desengaño

de los que no saben

de los que nunca supieron

 

y mi sangre no mana ni fluye ni mancha mis dedos

tan solo permanece coagulada tras mis ojos.

 

Es decir,

que me duele la razón

por mi extravío.

Por ese grito mudo resonando en este espacio

sobre todo tuyo.

 

Tuyo,

hombre,

que dijiste esfuérzate,

y hablaste de voluntad.

 

Hoy me duele el cuerpo por su ausencia.

Notas para una novela improbable

– Eso son cebollas bravas.

– ¿Bravas?, susurro extrañada.

– Y esto es anís.

– Se puede chupar, ¿verdad?

– ¿Chupar? No, que yo sepa… Y eso de allí patatas, ¿las miras?

Yo ni las miro ni las veo. Contemplo la ramita de eso que él llama anis sobre la palma de mi mano. En mi tierra no es así. Acerco la punta de la lengua al tallo cortado. El sabor es el mismo.

– No sé sobre qué voy a escribir aquí… No lo sé aún. Todo esto -digo mirando a mi alrededor- me lleva al silencio.

– ¿Al silencio?

– Sí.

– A ver, yo no sé mucho de eso, pero podrías empezar hablando de los árboles, describiendo los campos y las casitas, el cielo… y seguro que ecuentras algo a lo que sacar punta. No sé si me explico… Es que a veces pienso que no me explico bien.

– Sí, te has explicado bien.

Las nubes cruzan rápidas el cielo. El sendero, hecho de fragmentos de conchas de mejillones, cruje bajo la suela de nuestros zapatos.

– A ver si llueve, dices. Andas preocupado por el pequeño pino moribundo que habíamos plantado en el monte esa mañana. Insistías en que necesitaba agua, e incluso a media tarde habías propuesto volver con un caldero (y yo te miré horrizada desde el sofá).
– Ua ua uaa… entono invocando la lluvia.
– Me encanta cuando haces el tonto, estás tan simpática…
– ¿En serio?
– Sí. Y me encantas así, natural.
– ¿No te da miedo verme fea?
– ¿Fea? ¿Eso cómo puede ser?
– No sé, con mala cara, sin pintar…
– ¡Ah, no! Te prefiero así. Eres tú. Lo otro, el maquillaje, o el ir emperifollada -hablas despacio, como si analizaras algo muy complejo- no sé, para mi manera de pensar es engañar.
– Sí. Supongo que en realidad soy un poco así, como me ves hoy.
– ¿Cómo un poco? Eres así, si no, pues no serías así.
– Tienes razón.

Al llegar al coche, nos apoyamos en el capó. Una alfombra de algas verdosas amortigua el sonido de las olas en la orilla. Fonso saca una bolsita de pipas y yo miro hacia la vieja mejillonera de la playa de Canaval. A mis ojos, esa construcción alberga un halo de misterio. Hacía un rato habíamos estado explorándola. Yo al menos, exploraba, supongo que él paseaba y recordaba su infancia. Saltábamos al mar desde el tejado, dijiste. Yo había fotografíado los enormes eslabones de cadenas acumulando robín, las redes amontonadas, cuerdas casi tan gruesas como mis muñecas, la preciosa pintura azul descascarillada de una barca. De repente pienso en los hombres que trabajan allí. En el olor pestilente del suelo cubierto por restos y conchas. En cómo de extraña les resultaría mi sensibilidad hacia sus aparejos, hacia su chalana azul. Pienso que me siento extranjera pero en casa. Pienso en mi vuelta a Madrid.

-Deixate de lideiras…

-¿Lideiras? ¿eso qué es: dar vueltas?

-Si.

-No le daba vueltas a nada, joder. Solo…

-Ay, ay, solo… siempre dando vueltas a la cabeza.

-Solo pensaba que no quiero irme.

-¿No quieres irte?

 

Oportunidad

Ya lo he dicho en Twitter y en Facebook: busco mecenas que me pague por escribir lo que me place. Interesados hagan cola en la puerta de mi casa mañana a partir de las 10. Invito a té, múltiples variedades: earl grey, moruno, vainilla, naranja y canela y un largo etc. ¿Vas a dejar escapar esta oportunidad de apadrinar a una miembra de la Generación Perdida?
Gracias.