Estamos en el aire

En la siempre acogedora Casa Giratoria, he encontrado este estupendo corto de Martinus D. Klemet sobre la presencia y dominio en nuestras vidas de la televisiones de todo tipo. La imagen en la pantalla y su efecto adoctrinador:

Me gusta cómo se quita el collar el perrito cuando la señora sale volando.

No hace tanto que pusieron pantallas en los andenes del metro de Madrid. Eran 5 minutos de espera totalmente desaprovechados… Ay, siempre que veo una de estas pantallas convertida en el centro de atención de todos los que allí estamos, se me encoge un poquito el corazón.

Y parece que esta es la tendencia. El ayuntamiento de la ciudad donde ahora resido, Móstoles, también nos ha premiado instalando fantásticas pantallas gigantes por las calles, para que no nos aburramos mientras tenemos que desplazarnos de un sitio a otro, no vaya a ser que nos de por pensar o mirar un árbol o qué sé yo. Como se puede suponer, este servicio ofrece además una información muy objetiva.  Un ciudadano tuvo a bien grabar una de ellas.

Últimas horas, sí.

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¿Qué es la filosofía y para qué sirve?

Por lo general, se entiende por filosofía una disciplina académica, esencialmente teórica y especulativa, ejercida por un reducido grupo de especialistas bajo la forma de un discurso autorreferencial y complejo, cuando no directamente incomprensible. Vivir y filosofar son, según esta concepción, dos actividades separadas, o incluso de naturaleza opuesta.

Sin embargo, lo cierto es que la filosofía nació en la antigua Grecia como un modo de vida y una opción existencial y, de hecho, se la consideraba el principal arte de vida. El discurso filosófico y la producción de textos, en los que se suele centrar la atención en clase (tanto en Secundaria como en la Universidad) son la consecuencia o acompañamiento de esta forma de vida, y su función es precisamente sustentar y fundamentar la “vida filosófica” con el rigor que les es propio.

La verdadera filosofía está, pues, plenamente conectada con la vida y permanece atenta a las dimensiones y problemas humanos, ya sean de naturaleza individual como social.  Su práctica nos modifica y transforma, compromete lo que somos. Es, por tanto, una disciplina útil.

No obstante, resulta frecuente encontrar en los circuitos académicos la idea de que la dignidad de la filosofía radica precisamente en su presunta inutilidad. Podríamos expresarlo del siguiente modo:

  • la filosofía no es útil porque no se subordina a nada, es un fin en sí misma, por eso es la más libre y excelsa de todas las actividades humanas

A mi modo de ver, esta tesis se origina en el falso dilema “libertad versus utilidad”. Como explica la filósofa española Mónica Cavallé (La sabiduría recobrada, Madrid, Ediciones Martínez Roca, 2002, p. 27 y ss.), aquellos que defienden la inutilidad de la filosofía, y sospechan de toda orientación práctica de la misma, identifican utilidad con servilismo e ignoran el concepto de utilidad intrínseca.

En efecto, la utilidad puede entenderse al menos de dos maneras: como utilidad extrínseca o instrumental (medio para alcanzar un fin) o como utilidad intrínseca (el medio ya es el fin). La filosofía no es valiosa porque se subordine a un fin externo, sino porque es una actividad radicalmente libre y útil para el ser humano, ya que nos remite al cumplimiento de uno mismo y satisface la exigencia de sentido. Esta fertilidad de la filosofía no acarrea traición ni servilismo. Al contrario, solo así entendida la filosofía alcanza toda su plenitud.

La práctica filosófica bien entendida arroja valiosos frutos, como la alegría o el gozo de ser, pero lo que la mueve, su impulso, es sencillamente la sed de  verdad (por muy problemático que sea utilizar este concepto en el seno de nuestra disciplina, no renuncio a él) y no el deseo de seguridad o bienestar psicológico. Es quizá ésta una de las diferencias de fondo entre la filosofía y a la autoayuda. Esta última, por lo general, suele convertir al lector en el receptor pasivo de un producto masticado. La filosofía, por el contrario, trata precisamente de facilitar el proceso de alimentarse y “digerir” por uno mismo, de recuperar la confianza en el ejercicio del propio pensamiento. Es por ello que la aproximación a las ideas y textos  de filósofos  nunca debe hacerse desde la memorización mecánica y acrítica sino desde la re-apropiación y la re-creación experiencial.

Nunca me cansaré de decirlo: la filosofía no es adoctrinamiento. La filosofía es el cultivo consciente de la libertad.