Educación para el autoconocimiento

Habría que devolverles a los maestros la función propiamente humana de la reeducación interpersonal y la ayuda al desarrollo de las comunidades (funciones apenas esbozadas por la actual noción de una educación de los valores, a pesar de las buenas intenciones que ésta entraña). Y la propuesta de encaminarnos a una educación verdaderamente más relevante para la vida tendría que privilegiar el autoconocimiento, lo que significaría, junto al propósito de una educación para la convivencia feliz, una reeducación importante de los educadores. Pues no debemos engañarnos: el autoconocimiento es algo a lo que rendimos homenaje sólo de palabra. Ya que nos consideramos herederos del oráculo de Delfos, de Sócrates y del resto de los filósofos antiguos, todos estamos de acuerdo en que la preocupación exclusiva por el conocimiento del mundo externo en los albores de la filosofía fue superada cuando el hombre, capaz de auto reflexión, empezó a interesarse en el conocimiento de sí mismo. Pero, ¿cómo se toma en cuenta este alto ideal del autoconocimiento en la educación que actualmente se ofrece? Ni siquiera cuando se ofrece un ramo designado como “psicología” se trata en realidad de una disciplina de autoconocimiento, sino más bien de la exposición de teorías varias de los conductistas, de la psicología dinámica, el constructivismo y otras escuelas; pero no una psicología viva que ayude a los alumnos a enfrentarse con su realidad.

(…)

Así como la vida procede sólo de la vida, la conciencia sólo puede ser despertada por la conciencia. Se necesita, por lo tanto, de un tercer elemento entre las ramas del curriculum clásico y de esa educación en los valores que se pretende llevar a cabo a través de las transversalidades: la transformación del educador.

Caludio Naranjo, Cambiar la educación para cambiar el mundo, Ediciones La Llave, cap. 4.

Templo de Atenea en Delfos
“Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y a los dioses”
Oráculo de Delfos.
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Mientras se espera vivir, la vida pasa

No se nace más que una vez, dos veces no está permitido. Es pues necesario que ya no estemos para toda la eternidad; más, tú, que no eres dueño del mañana, aplazas de nuevo para mañana la alegría. Sin embargo, la vida se consume en vano en esos plazos y cada uno de nosotros muere sin jamás haber gozado de la paz.

Epicuro.

Hay gentes que no viven la vida presente: es como si se prepararan, consagrándole todo su entusiasmo, a vivir quién sabe qué otra vida, pero no ésta, y mientras lo hacen, el tiempo se va y se pierde. No se puede volver a poner en juego la vida como un dado se vuelve a lanzar.

Antifón