Llamada entrante

Para el que habla con los pájaros.

Me llamas en tu lengua primigenia

hecha de nudos y risas,

de risas que son recreos.

“Los carvallos tienen las hojas limpias”,

y tu frase me perfora la cabeza.

“Sí… están limpitos”

y tu amor por los diminutivos me desarma

y me calienta.

Me explicas cuánto bien hizo la lluvia

con una voz transformada por las ondas

-deliciosamente metálica,

irremediablemente orgánica-

y te ríes ante el intempestivo arranque de mi deseo:

“Ruliña…”

Hijo del día,

duende del caos:

me haces arder.

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Ven

Te espero, líquida y concentrada, como el aceite. Mi aliento calienta el bar. Me bebo el aire de todos.


Me sé y me saboreo, antes de tenerte y que me tengas.

Extiendo mi cuerpo,

alargo mis huesos.

Crezco.


En la espera,


en este instante previo y convulso,

inexorable,

rotundamente sordo a otra cosa que no sea aguardarte.

Tú, mientras, caminas con el alma por delante. Buscándome desde lejos. Acaricias la calle y hasta las paredes laten y responden a tus dedos. Me anticipas.

(Te espero).

Tu figura no se disuelve al caminar. Te fundes y desdibujas, como un cometa. Firme en tu trayectoria. Jodidamente caliente.

Sabes que en cuanto llegues, dejaré de escribir. Solo escribo en la espera, solo escribo para vertirme, para moverme, para agitarme, para alimentar mi sed salvaje.

Salvaje. Ven.

Déjate todo lo que no importa en la puerta.

Quítatelo todo.

Quítate los huesos y las articulaciones si hace falta,

que yo te sostengo con mi aliento.

Cuelga las razones al entrar en el perchero,

que no me interesas así.

Salvaje, ven.

A cuatro patas, ven.

Te espero,

apagando luces,

rompiendo telas,

oscilando las caderas.

Ven.

Querencia

Quiero que tus pies adelgacen, y tus muslos vuelen como alas de pájaro.

Quiero oír el gemido que anida en tu garganta. (Callada. Muda. Como los árboles del parque).

Quiero verte llorar por los pechos y mojar la calle.

Quiero arrebatarte las entrañas con los huesos de mis manos, retorcidos y húmedos como enredaderas.

Quiero quebrarme toda, en mil fragmentos ensalivados.