Sobre la orientación filosófica según Peter Raabe

Continúo con mi lectura del libro de Jose Barrientos: Introducción al asesoramiento y a la orientación filosófica, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2005.

Esta vez traslado al blog la valoración de lo expuesto sobre la concepción de la orientación filosófica de Peter R. Raabe.


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En primer lugar, encuentro valioso el desarrollo de métodos de enseñanza de habilidades de pensamiento crítico y creativo, posiblemente trasladable además a la educación secundaria, pero me resisto a creer que absolutamente todos nuestros malestares, problemas e insatisfacciones arraiguen en errores cognitivos.

La semejanza del método de Raabe con la psicología cognitiva resulta obvia y él mismo apeló en su momento a ella para justificar la eficacia de la orientación filosófica (a falta de datos propios, vacío que intenta llenar con sus investigaciones actuales). En esta línea de argumentación, tampoco tiene problema en declarar que la orientación filosófica va a recuperar el lugar que la psicología le ha robado.

No obstante, la orientación filosófica de Raabe no se reduce a psicología cognitiva (particularmente por la llamada fase de trascendencia). Además, según creo, los orientadores filosóficos deberían diferenciarse de los psicólogos cognitivos en la manifestación de una mayor competencia o expertise en estas lides (un tratamiento de las cuestiones más profundo y complejo).

Concuerdo con este filósofo práctico en considerar que a las habilidades racionales (detección de falacias, análisis de la estructura de los argumentos y de los supuestos que subyacen a estos, etc.) resulta necesario sumar habilidades de escucha y de empatización, tema al que personalmente creo que debe dedicarse una atención particular (estoy leyendo el Manual para la ayuda psicológica: dar poder para vivir. Más allá del counseling, de Miguel Costa y Ernesto López, y espero publicar algo al respecto próximamente).

También valoro positivamente la última fase del método de Raabe dirigida a elevarse por encima de la cotidianidad: la fase de trascendencia. Sin embargo, si durante esta estapa, al igual que en el resto del proceso, “no se analizan personas sino argumentos”, veo que esa trascendencia está en la práctica muy limitada a los elementos del pensamiento racional, o, lo que me parece peor, a los conceptos, métodos y teorías filosóficas (por lo general  pertenecientes a la historia ortodoxa de la filosofía occidental; en el caso de Raabe se mencionan la fenomenología y la hermenéutica como fundamentos de una de las fases de su método). Por eso me parece que el sustantivo “trascendencia” puede resultar algo equívoco, pues podría interpretarse como la posibilidad de ir más allá del pensamiento conceptual, cuando en realidad se trata de una mayor profundización y abstracción y de un aumento de las alternativas contempladas (pensamiento creativo y alternativo). Opino que esta fase supone una diferencia de grado respecto a las anteriores, no una diferencia cualitativa. No obstante, no lo juzgo esto como algo negativo, simplemente  creo que no agota todas las posibilidades de la filosofía, que intuyo puede tener objetivos aún más ambiciosos. En todo caso, insisto, valoro que Raabe no reduzca la orientación filosófica a la resolución de problemas cotidianos, porque empiezo a tener claro que este es un propósito u objetivo que no me satisface plenamente. Peor aún encuentro el ofrecer respuestas definitivas y fabricadas a cuestiones esenciales de la vida, algo de lo que afortunadamente este filósofo se desmarca claramente.

Por último, quiero señalar el anuncio en el libro de  la próxima publicación de Philosophical Counselling and Unconscious (desconozco si ha tenido ya lugar), pues viene a ser una respuesta inesperada a mi declarada insatisfacción sobre el actual tratamiento del inconsciente en la Práctica Filosófica. En este sentido, resulta interesante la propuesta de Raabe de hablar, no de inconsciente, sino de pensamiento no reflexionado, creencias, valores y asunciones no examinadas,  propósitos ignorados y olvidos no intencionados. Podría resultar más operativa para nosotros.

A propósito de Achenbach

En Filopraxis, seguimos con nuestras lecturas. Este mes estamos leyendo Introducción al asesoramiento y la orientación filosófica, de José Barrientos y he pensado en trasladar al blog los comentarios que me va suscitando, dado que de esta manera posibilito conocer opiniones de personas ajenas al grupo. Recientemente he recibido aportaciones de desconocidos dotadas de un sorprendente sentido.

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Gerd B. Achenbach (pp. 41-62)

Según lo describe J. Barrientos, G. B. Achenbach defiende el método “beyond-method” (el método más allá del método) en el ejercicio del asesoramiento u orientación filosófica. Con ello niega el aprendizaje estandarizado: cada consultor debe crear y desarrollar sus propias categorías y técnicas, particularmente a raíz de su encuentro con el consultante. Se trata, dice, de ser un artista, no un restaurador (ni un crítico de arte ni un historiador, podríamos añadir). De esto no se deriva la carencia de fuentes o el desconocimiento de los métodos filosóficos, sino la posibilidad de poder apelar creativamente a una variedad de perspectivas, métodos y técnicas.

Desde mi punto de vista, este eclecticismo metodológico no supone, por sí mismo, un problema, máxime teniendo en cuenta la ausencia de diferencias en la efectividad en los distintos modelos de psicoterapias y relaciones de ayuda, dato que, sin versar específicamente sobre el Af, a mi entender resulta esclarecedor.

Estas consideraciones sobre el no-método achenbachiano, por otro lado susceptible de crítica por motivos en los que no me detendré hoy, me reafirman en la intuición de que la práctica del Af debe ser el fruto de un proceso de maduración personal, de un recorrido filosófico y existencial encarnado en la propia vida. En esto, el Filósofo Asesor se aproxima a los filósofos antiguos que, como magistralmente ha expuesto Pierre Hadot, concebían la filosofía como modo de vida, y no solo como actividad teorética, significado al que se vio generalmente reducida después. Por esta razón, entiendo que las prácticas filosóficas, el asesoramiento, el diálogo y los talleres filosóficos deberían ser una consecuencia natural que acompañe a la propia “vida filosófica” (concepto que, por otra parte, no se me pasa por alto que habría que dilucidar). Creo que sin ese primer elemento de compromiso personal no hay nada original ni sustancioso. El desarrollo de técnicas y métodos vendría después, o incluso de modo simultáneo, pero su aprendizaje estandarizado, practicado por las vías  didácticas habituales, y su profesionalización no asegurarían la experiencia de este origen instransferible, sin la cual la labor de filósofo asesor no solo quedaría desvirtuada, sino que también acabaría convirtiéndose, en mi opinión, en algo impracticable.

Me quedo con ganas de conocer ese “segundo Achenbach” orientado hacia el arte de vivir y la sabiduría del que habla Barrientos al final del capítulo, ya que cada vez me siento menos próxima a la definición del asesoramiento filosófico como resolución de problemas y más interesada en una concepción más amplia e incluso desprofesionalizada de la Práctica Filosófica.