“Teatro” infantil

Me inquieta y entristece ver a los niños actuar para agradar a un adulto, hacer “monerías”, fingir una sonrisa, exhibir sus conocimientos o responder a una de las cien mil preguntas que les lanzamos en un día-examen que no acaba nunca. Intuyes el alejamiento de la criatura de sí mismo, la pérdida del contacto directo con sus deseos, la desvalorización de sus estados anímicos y sentimientos. Es el inicio de la impostura, el autoengaño y la hipocresía de la sociedad adulta. Algunos lo llaman educación.

Qué diferente es hacer volteretas en la playa por puro placer que hacerlo para conseguir la aprobación y los elogios de un adulto. Se produce un descentramiento en el que lo que importa es la mirada del otro, del padre, la madre, del adulto amado. Y, en cambio, qué maravilla ver el rostro de un niño que toca por primera vez la cuerda de una guitarra, iluminado por la sorpresa y el placer del descubrimiento del sonido, plenamente centrado en él, atento y repitiéndolo una y mil veces con el mismo brillo en sus ojos.

Solo en la acción que no es un medio para agradar y obtener aprobación adulta puede haber placer y alegría. Pero, sabéis, los niños nos quieren tanto que harán lo que sea para sentirse amados y aceptados. Incluso renunciar al placer y a la alegría de la palabra y la acción verdadera. Nada les importa más que tú.

El verdadero heroísmo

Elegir la vida exige más valor que elegir la muerte, quien escoge la muerte en vida está preso de la cobardía.

Este febrero el luto me ha calado hasta los huesos. La muerte ha permeado mis espacios y mis tiempos. Para perderle el miedo, he deambulado mucho tiempo por un valle de sombras, caminaba tejiendo complacida mi propia mortaja; hay que estar preparada, me decía. Preparada… Me sentaba cada noche al borde de la laguna negra y metía mi pie desnudo en el agua helada. Cogía frío. Me resfriaba. Se confundían mis sentidos y mi entendimiento. Pero una voz me ha llamado hoy desde lo alto de la montaña, desde la puerta de la casa de madera. Me he girado hacia ella y he visto una sencilla figura de hombre, pero no podía entender lo que me decía. Sentía que dos manos me tapaban los oídos y que, al fin y al cabo, todo daba lo mismo. La enfermedad y la salud. El reino de los vivos y el de los muertos. No era capaz de percibir la diferencia. No quería. Así que ese hombre ha bajado hasta mí y me ha dicho con lágrimas en los ojos cuatro verdades. Ha sacado un espejo del bolsillo y me he visto reflejada a mí misma con el agua por la cintura, una lacónica barquita de papel en una mano, el cabello muy largo pegado al rostro, la piel de una palidez azulada. Y he comprendido.

Una puede permanecer apegada a la muerte en un vano intento de conocer y explicar lo inexplicable. De limitar el abismo, de hacer predecible la parca, de domesticar la incertidumbre y exorcizar la impotencia, de poner condiciones y controlar la fuerza que hace y deshace. Contemplándola todo el rato, vigilándola, se hace la ilusión de que la controla y de que no la va a pillar desprevenida. Y, sedada por ese engaño, puede costar ponerse en pie y regresar a la vida.

Un ser humano puede querer – querer morir para negar el hecho mismo de la muerte, para sentir que nada le puede ser arrebatado. Prefiere cortar él mismo los hilos que le atan a la vida, creyendo que así dolerá menos. También puede ocurrir que no quiere soltar la mano de quien ya se ha ido. Pero explicar esto último excede mi atisbo de hoy.  Quiero limitar mi comprensión para reternerla también con la razón: escoger la vida, a pesar de todo, es un acto de valor, de verdadero heroísmo, de absoluta rebeldía ante la condición humana.Y, cuando andas vagando perdida, solo la mano de otro ser humano puede sacarte mediante el amor de entre las sombras.

En honor de todos los hombres y mujeres que nos despiertan a la vida para ser héroes y heroínas. En honor de mi héroe.


Jackass: un signo de los tiempos

Hace unos años me marché de una cita horrorizada porque el chico en cuestión se había puesto a hablarme de una serie llamada Jackass. Yo me quedé estupefacta escuchando las muchas estupideces a las que se entregaba el reparto, generalmente infligirse dolor o realizar actividades peligrosas. Sirva este video como muestra.

Tras ver el video, uno podría conformarse con etiquetar a sus protagonistas de retrasados mentales, y con eso poner fin al análisis. Pero ahora esto me parece una ingenuidad acrítica. Me explico.

Yo no era capaz de entender el comportamiento aparentemente sin ningún sentido de este grupo de tíos, me parecía caprichoso, arbitrario, y por supuesto estúpido, pero, a la vez, este análisis que hacía no me dejaba satisfecha. Sabía que algo importante se me escapaba. Pues hace un rato, leyendo a Raimon Panikkar, me ha sorprendido hallar la formulación de algo que dota de cierta lógica al fenómeno Jackass y a la fascinación que produce (entre los muchachos jóvenes principalmente) y es la sencilla afirmación de que la vida quiere ser vivida y que “la vida reprimida busca la muerte”(Invitación a la sabiduría, pp. 85) . ¿Cómo ilumina esto el jackassismo juvenil cada vez más extendido? Pues advirtiendo que es un producto de la época, una reacción, una excrecencia esperable ante la anestesia existencial de nuestras sociedades. La obsesión con experimentar solo lo beneficioso, lo ordenado (yendo un poco más allá: lo inteligible, reducido a lo científicamente explicable) es el origen -colectivo- de esta asunción banal de riesgo y dolor de la que presumen sus protagonistas. No quiero decir con esto que defiendo o celebro de algún modo estas insensateces, no, pero sí que las sitúo a la misma altura que la pretensión obsesiva de seguridad y de un malentendido bienestar que articula la existencia contemporánea en Occidente. La variedad de comportamientos autodestructivos y de formas de violencia consentida entre los jóvenes crece proporcionalmente a la obsesión por la seguridad en el llamado primer mundo: las videocámaras, la infantilización de la juventud, los actimeles de todo tipo, la supresión farmacéutica de estados emocionales considerados negativos, la medicalización de los procesos fisiológicos, y, como gran engendro, la guerra contra el terrorismo, entre otras muchas cosas que podríamos mencionar.

Yo, en esa patada en la entrepierna con la que comienza el video, veo más bien la venganza de la vida reprimida, usando la expresión de Panikkar, algo tolerado, celebrado y alimentado por todos. No se puede tildar de comportamiento meramente autodestructivo, porque, aunque de un modo perverso, responde a un impulso irrenunciable: el de vivir la vida. La insensatez que estos alocados muestran es una respuesta al miedo que devora y paraliza las sociedades occidentales, la obsesión por la seguridad y la intolerancia a la incertidumbre que asfixia la experiencia de la vida. Téngamoslo claro: la vida quiere ser vivida y quiere ser puesta en juego mediante un auténtico ejercicio de libertad. Si no lo hacemos de manera natural, los más jóvenes nos lo recordarán refugiándose en insensateces cada vez mayores. Probablemente hasta desembocar en la muerte, como a punto ha estado de suceder en un programa de televisión europeo (porque no olvidemos que al otro lado de la pantalla estamos nosotros: la Audiencia. Tecnología + miedo + dolor como espectáculo, los ingredientes de un cóctel perfecto. Sírvase muy frio y con sombrillita tropical).

Mientras se espera vivir, la vida pasa

No se nace más que una vez, dos veces no está permitido. Es pues necesario que ya no estemos para toda la eternidad; más, tú, que no eres dueño del mañana, aplazas de nuevo para mañana la alegría. Sin embargo, la vida se consume en vano en esos plazos y cada uno de nosotros muere sin jamás haber gozado de la paz.

Epicuro.

Hay gentes que no viven la vida presente: es como si se prepararan, consagrándole todo su entusiasmo, a vivir quién sabe qué otra vida, pero no ésta, y mientras lo hacen, el tiempo se va y se pierde. No se puede volver a poner en juego la vida como un dado se vuelve a lanzar.

Antifón