La gracia de Gracia

Lo bueno de estar fuera del mundo de la poesía y de hacer este viaje casi a solas es que todo es descubrimiento. La otra tarde, después de acumular tensión en las cervicales y de estrujarme los ojos descifrando lomos (y no de cerdo), compré Gritos verticales de Gracia Iglesias, bellamente ilustrado por Ana Arcas, y usé el lápiz, cosa muy buena. De Gracia me gusta que esté enamorada de un árbol y que escriba cosas como estas:

Sobre cuántos cadáveres se levanta mi casa

***

Son las ardillas muertas y no las golondrinas

las que anuncian que se acaba el invierno

***

Cáliz de piel

no quiero que te apartes

sino hacerme de ti.

***

Si has robado los pájaros al aire

para llenar tu voz de incandencencia

permite a la palabra

cobijarse en la clara certeza de tu pecho

hasta que se transforme

-toda alas transparentes-

en los versos inútiles del agua

***

No sé puede escribir desde el vacío

sin que te ardan las manos

sin que un hambre voraz

te anide dentro

y vaya alimentándose de vísceras

hasta que al fin la herida

se rompa en consonantes

y el ácido de todas las palabras

destruya los tejidos y se convierta en voz

en grito

en doloroso grito

                              en grito de placer

                                                               grito de angustia

o quizá en gemido más intenso que el despertar del mundo.

No se puede escribir en tierra seca

despojada y desnuda

amarga

intentar hacer sangre con el barro de un muerto.

No se puede

lo juro

no se puede.

***

Hubo otro tiempo en el que tuve voz

me amaban

sí, me amaban y yo amaba con las alas abiertas

orgullosa del viento que cantaba mi nombre.

Era otro tiempo.

 

Y muchas cosas más escribe Gracia así de bien. En Gritos verticales. Cangrejo Pistolero Ediciones.

 

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Sal al bosque

y entre examen y examen, una frase resuena en mi cabeza: Sal al bosque. Sal al bosque.
Sal al bosque.

Min. 1:25.

Sal al bosque, sal enseguida.
Si no sales al bosque, jamás ocurrirá nada…
Y tu vida no empezará jamás.
Sal al bosque, sal enseguida.
Sal al bosque, sal enseguida…

Clarisa Pinkola Estés

Decir las verdades

Yo no soy inocente. ¿Lo es usted?

La realidad está aquí,
desplegada. Lo real acontece
en lo abierto. Infinito. Incomparable.
Pero el ansia de repetirnos
instaura las verdades.
Toda verdad repite lo inefable,
toda idea desmiente lo-que-ocurre.
Pero las construimos
por miedo a contemplar la enorme trama
de aquello que acontece en cada instante:
todo lo que acontece se desborda
y no estamos seguros del refugio.

Bien pensado, es posible que Platón
no sea responsable de la historia:
delegamos con gusto, por miedo o por pereza,
lo que más nos importa.

 

Chantal Maillard, Matar a Platón

 

(Gracias a Nieves)

La escucha poética

I.
La escucha poética, su comprensión,
no es una aprehensión,
es una entrega;

es la renuncia al deseo de poder insito en el saber,
renuncia al saber como posibilidad de posesión,
de borrar la alteridad.

II.
La comprensión poética no aboca a un discurso
sobre lo comprendido,
no es siquiera un acto del pensar:

es la sensibilidad,
la vulnerabilidad pasible de acoger,
de dejar venir, de amparar lo otro como otro;

es el dejarse alterar por la alteridad,
transfigurar por el sentido,
iluminar por la belleza,
o herirse por lo sublime.

III.
No se trata de una mera pasividad,
se trata de ser pasible,

capaz de acoger la alteridad como alteridad:
como fecundidad,
revelación que revela lo que crea.

Hugo Mújica. Lo naciente: pensando el acto creador. Valencia, Pre-Textos, 2007. p.82.

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Encontrado en la web del CETR.

Hojas de hierba

Todas las verdades aguardan en todas las cosas,
Ni se apresuran ni se demoran,
No precisan el forceps del cirujano,
Para mí lo mínimo no es menos importante que lo demás,
(¿Qué puede ser mayor o menor que un roce?)

Ni la lógica ni los sermones convencen,
La humedad de la noche me penetra con más intensidad.

(Sólo lo que por sí mismo es evidente a cualquier hombre o
cualquier mujer, es así,
Sólo es así lo que nadie niega)

Una gota y un minuto me bastan para sosegar mi cerebro,
Creo que los húmedos terrones serán alguna vez amantes y
Lámparas,
Y que el alimento de un hombre o de una mujer es un compendio
De compendios.
Y que lo que los atrae y los une es una cumbre y una flor,
Y que se ramificarán infinitamente hasta saberlo todo,
Y hasta que todos nos deleiten y los deleitemos a todos.

Walt Whitman. Hojas de hierba. Editorial Lumen, 1997

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